Aún resulta extraño para muchos ver a una mujer uniformada, con botas, y llevando distintivos pegados a su uniforme. Pese a la construcción del significado de género a lo largo de la historia, en los imaginarios sociales la mujer ha sido considerada como un sujeto que requiere de protección, pasando desapercibido el hecho de que en el transcurso del tiempo y la narrativa cronológica de nuestro país, las mujeres han sido parte inherente e innegable de los conflictos armados que lo marcaron.

Las guerras en el Ecuador han partido de la idea casi intrínseca de que son ejecutadas y resueltas exclusivamente por soldados hombres,  sin embargo, las mujeres han sido parte de la construcción de la historia de nuestro país en lo que se refiere a conflictos armados, inclusive desde antes de la existencia del Ecuador como República. Es así que, el papel de la mujer en cuestiones políticas y militares se registró desde la época colonial con María Caiche, quien llegó a ser cacique de Daule y Quijos e hizo que los dauleños dejen de trabajar sin paga para los líderes españoles. Por otra parte, en las guerras de independencia es casi imposible olvidar a las “Tres Manuelas” quienes dejaron de lado el rol femenino impuesto y se dedicaron a coadyuvar a la liberación de la población de aquel entonces de imposiciones extranjeras, para comenzar a construir un país libre.

El tema de la inclusión de las mujeres dentro de las Fuerzas Armadas del Ecuador surgió en los años 50 y 60 del siglo XX, ingresando por primera vez, mujeres a las Fuerzas Armadas del Ecuador.

La Armada del Ecuador fue la primera en incorporar en sus filas a mujeres, iniciando el 16 de agosto de 1953, cuando una sola mujer obtuvo un sitial en el personal de tropa obteniendo el grado de cabo segundo de sanidad y desempeñándose como ayudante de laboratorio en el centro médico naval, prestando sus servicios hasta el 30 de abril de 1969, alcanzando el grado de suboficial segundo. En el año 1967, cumple el curso de militarización la grumete Orfa Villalta Torres, llegando al grado de sargento primero en el año 1985.

El 30 de abril de 1978, ingresa a la Armada, Fadua Felicita Ruiz Ludeña, con la especialidad de auxiliar de enfermería. Es en la Dirección de Sanidad de la Armada y al cabo de muchos años de servicio donde termina su carrera naval: desde el 2004 hasta el 2007 realizó funciones de jefe del laboratorio clínico. En el año 2007, asciende al grado de suboficial mayor constituyéndose en la primera mujer en la institución en ostentar ese grado.

En el año de 1977, la Armada del Ecuador hace su primer llamado para oficiales especialistas, es decir, profesionales que se incorporan a las Fuerzas Armadas luego de haber obtenido un título universitario. Aracely Yánez Guerrero, se incorporó el 21 de diciembre de 1977 como Teniente de Fragata Odontóloga.

En el año 2001, el Consejo de Almirantes autoriza el ingreso de 6 aspirantes a guardiamarinas mujeres de arma y de servicios a partir del año 2002, cuatro años de estudio y entrenamiento riguroso bajo la estricta disciplina militar llevaron a graduar a la primera mujer oficial de arma en la historia naval del Ecuador en el año 2006, la Alférez de Fragata María Augusta Álvarez Zapata (+).

Al siguiente año, se incorporan como alféreces de Fragata cuatro señoritas oficiales: dos de arma y dos de servicios, siendo la TNNV-AV Rosy Granja Benítez la primera mujer piloto (2010) y la TNNV-IM Paola Ochoa Velasteguí la primera mujer infante de Marina (2010).

En la actualidad, la Armada del Ecuador cuenta con 150 oficiales y 375 tripulantes mujeres, siendo el porcentaje total de personal femenino del 5,2 %.

La inclusión de la mujer dentro de la vida militar no ha sido tarea fácil, sin embargo, las nuevas políticas públicas estructuradas bajo cuatro objetivos, han ayudado a mejorar la presencia femenina en labores militares, buscando ser inclusiva en el ámbito naval:

– Fortalecer la igualdad de oportunidades de acuerdo al plan de carrera para hombres y mujeres.

– Fomentar el Buen Vivir para el personal militar femenino y masculino en los repartos militares.

– Fomentar la coeducación del personal militar basada en el respeto a los principios de igualdad y no discriminación por causas de género.

– Controlar y prevenir hechos discriminatorios basados en sexo que tengan por objeto menoscabar o anular derechos.

La mujer militar no es un soldado más, es un ser humano apasionado por su profesión, entrega el mejor esfuerzo en el cumplimiento de las tareas no sólo en el ámbito militar, sino también, en las labores que cumple cotidianamente en el hogar en su rol de madre. Busca en las filas militares la aceptación de las diferencias entre hombres y mujeres  (independiente al género y diferencias biológicas) la igualdad de derechos, responsabilidades y oportuni­dades, en donde exista un equilibrio en el que ninguno se beneficie de manera injusta en perjuicio del otro,  accediendo con justi­cia e igualdad al uso, control y beneficio de los mismos bienes y servicios de la sociedad, así como en la toma de decisiones en los ámbitos de la vida militar, social y familiar.

 

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